
Tenía demasiada prisa por llegar a casa, la cabeza me iba a estallar.
Abrí la puerta como pude, con las manos temblando y los dientes chirriando.
Tiré las bolsas de la compra al suelo, los huevos se rompieron.
Preparé todo en un momento y solo tuve que quitarme el cinturón; los dientes aun tiritaban.
Me apreté el antebrazo y la sangre comenzó a estancarse.
La vena morada resaltaba en mi brazo blanquecino.
La aguja traspasó la carne lentamente, se me erizó el bello.
Atravesó la vena y solo tuve que bajar el pulgar despacio, suavemente, despacio...
Cada día tengo más miedo de pertenecer a esta realidad.
No encuentro la puerta.





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