¡Pum! Y la bala impactó inevitable sobre su abdomen. A los pocos segundos se desplomó sobre el suelo apoyándose en su propio costado. Todo permaneció paradójicamente tranquilo hasta que el hombre que había disparado, se aseguró de que su víctima estaba lo suficientemente abatida como para no tomar represalias. Caminó despacio hacia la única puerta que daba paso a la habitación y, sin ningún miramiento, la cerró tras de sí. En los siguientes momentos la mente del herido se mantuvo en blanco, o mejor dicho, en negro, pues por ella no pasaba ningún tipo de pensamiento o sensación. De repente abrió sus ojos y sintió dolor. Un intenso dolor gélido. Era un dolor que jamás había experimentado, era diferente. Partía desde la zona donde había penetrado la bala y se extendía por todo su cuerpo haciéndole encogerse sobre sí mismo. Se echó mano a la zona herida y notó cómo poco a poco un líquido manaba de su interior empapando su camisa. Al echar un vistazo general a la habitación se dio cuenta de algo sobrecogedor, todo estaba a oscuras. Todo excepto una rendija de luz que pasaba por debajo de la puerta. Comenzó a tener sudores fríos y una sensación angustiosa que, por unos momentos, eclipsó el dolor del balazo. En ese fatídico momento se topó de frente con su verdadera situación. Se encontraba herido por una bala en el estómago, estaba perdiendo sangre, no tenía las suficientes fuerzas para recuperarse y ponerse en pie y, lo peor sin duda, estaba totalmente a oscuras en una habitación de la que no podía escapar.
En un principio no quiso aceptarlo e intentó por todos los medios levantarse y dirigirse hacia dicha puerta. No pudo. Hizo un último intento, pero el dolor era más intenso aún que sus ganas por escapar. No consiguió siquiera alzarse unos centímetros del suelo. Era como si se hubiese deshinchado por dentro.
Todo se paró en su mente. El tiempo se detuvo, sus sentidos dejaron de funcionar, la habitación se congeló por un instante. Y es que, acababa de tener la sensación más extraña que cualquier ser humano puede percibir. Una sensación
cruda. Y ese sentimiento no era otro que el de asumir que la muerte le esperaba agazapada, era algo inminente, inevitable. Él no era médico ni tenía noción alguna de medicina pero sabía con más seguridad de la que puede dar cualquier resultado clínico, que su fin estaba cercano.
El
dolor nublaba todo su cerebro, comenzó a sentir pinchazos en los párpados como si de alfileres clavándosele se tratara. Y comenzaron a surgirle pensamientos, ideas. Pensó en qué estaría haciendo el autor del disparo. ¿Sentiría remordimientos? ¿Alegría? ¿Indiferencia?. La cuestión es, que mirando al pasado y siendo realista, él mismo sabía que, en la misma situación, él se marcharía tranquilo a casa y con la conciencia limpia, pues había realizado ese tipo de acciones desde que tuvo el valor necesario para matar por supervivencia, por orden de sus jefes o simplemente por un fajo de billetes. No culpaba a ese hombre que acababa de dispararle, en su posición, él habría apretado el gatillo sin temblarle lo más mínimo el pulso. Es mas, incluso agradecía en cierto modo que le hubiese dejado exhalar su ultimo aliento en la penumbra y sin testigos. ¿Estaría delirando? ¿Cómo se puede agradecer algo a su propio asesino? El dolor aumentaba, cada bocanada de aire era más pesada. Jamás habría presagiado ese final.
Nunca se había parado a meditar sobre la muerte cómo lo estaba haciendo en ese momento. Y eso que en el barrio era el pan de cada día. Todo eran ajustes de cuentas, atracos, trapicheos. Él mismo había perdido la cuenta de las personas a las que había ejecutado y fue en ese instante en el que se dio cuenta de lo grave que es quitar la vida a una persona. Las lágrimas descendieron por sus mejillas mezcla del dolor, de la angustia y del sentimiento de culpa. Todo era confuso. Sus recuerdos se deshacían entre la agonía del momento. La tristeza le invadió cuando recordaba cómo sus padres, poco hicieron por su infancia y menos si cabe por su educación. Recordaba la escuela, sus amigos, los profesores... Pese a todo, su infancia fue feliz, sin preocupaciones ni responsabilidad, todo el día jugando al fútbol en la calle cómo cualquier chiquillo de su edad. Fue creciendo, y con la llegada de la adolescencia también incrementaron sus problemas. Fue en esa época de su vida cuando se hizo consciente de la dureza del lugar en el que vivía y de que su futuro era incierto. Se fue apercibiendo de las grandes mentiras de la sociedad y de que no era justo que simplemente por haber nacido en ese lugar y esas condiciones su futuro fuese oscuro. Siempre fue una persona especialmente brillante, se relacionaba con facilidad con la gente que le rodeaba, era querido por los suyos. Pero aún así, acabó ganándose la vida de la única manera que sabía, le que había mamado, la de la calle. Así, dejó el colegio y empezó a hacer trabajos arriesgados para otras personas que no querían ensuciarse las manos. Y el final que le aguardaba era de esperar. Podía haber sucedido antes o después, pero era algo insostenible. Tampoco culpaba a nadie, así es la vida. Unas ganan, otros pierden. Unos trabajan, otros disfrutan. Unos matan y otros mueren.
Cada vez todo era más
difícil, se apagaba la llama de su interior, su mirada se difuminaba. Le costaba pensar, disminuían los latidos, las fuerzas, las ganas... De repente aparecieron pensamientos placenteros, las cosas que le gustaban de la vida como cuando acudía a la colina que se alzaba a las afueras del barrio. Adoraba subir a lo alto y contemplar pasar los ferrocarriles y trenes de mercancías. Con un traqueteo lento y agradable avanzaban firmes siempre hacia delante. Siempre había soñado con ser maquinista y recorrer el mundo en esos trenes antiguos que desprendían un espeso humo blanco, deshaciéndose a medida que se elevaba hacia la atmósfera. Le encantaba pasar el día en lo alto viendo pasar trenes y trenes que se perdían en el horizonte, tras las montañas mientras fumaba puros y bebía cerveza. Se sentía libre, soñaba con que un día sin pensarlo siquiera, haría las maletas y se marcharía sin decir adiós. Pero no llegó a cumplir su sueño y ahora si que se marchaba realmente.
Las sienes comenzaron a palpitarle, los brazos le dolían debido a la presión en sus arterias, la cantidad de sangre que había perdido era demasiada. ¿Quién le recordaría? ¿Sus amigos? ¿ Su familia? ¿Sus jefes? Todos le echarían en falta en menor o mayor medida, incluso habría represalias... ¿y de qué servirían? Él ya no volvería y lo peor era que seguiría ocurriendo ese tipo de acontecimientos a diario. ¿Por qué había que llegar al lecho de muerte para escandalizarse ante estos hechos?
De repente respiró una fragancia que le llamó la atención. Era algo inusual. Era el olor de lo inevitable. Eso le hacía apretar los dientes y puños en espera de su destino. Llegó al punto en el que a causa del dolor se desea más la muerte que la propia vida. Pero algo en su interior parecía estar alargando su agonía . Fue entonces cuando en su mente se iluminó un gran pensamiento y no era otro que el gran interrogante. ¿Qué hay después de la vida? Abrió los ojos desorbitadamente. Nunca se lo había planteado. No creyó ni en religiones, ni dioses, ni sociedades, ni leyes. Había construido una coraza a su alrededor bajo la cual solo defendía a los suyos, ante el resto se mostraba indiferente. Según él no había pruebas evidentes de que ninguna religión fuese más veraz que las otras. Tampoco le agradaban desde el punto de vista moral, ya que pensaba que bajo la imagen de misericordiosas y tolerantes las religiones sólo provocaban conflictos e intentaban aprovecharse de la gente. Ni vio tampoco un signo claro de la existencia de algún dios todopoderoso. En definitiva odiaba las religiones. Pero que pasaría después de su muerte. Era triste pensar que todo acabaría ahí. ¿Quizás la reencarnación?
Ya daba igual. Todo era superfluo. Había perdido la noción del tiempo. No sabía si la duración de su agonía había sido de cinco miutos o varias horas. El dolor se hizo insoportable. La felicidad le embargó. Dejo de resistirse al dolor y por fin descansó. Todos los músculos de su cuerpo se destensaron incluido el corazón que dejó de latir. Tras gran sufrimiento murió.
En la habitación contigua su asesino se encendía un cigarro. Dio una gran calada y expulsó el humo hacia el techo. Había cumplido con el trabajo. Se sentó en un cómodo sillón, el cual estaba a la vera de una chimenea en la que crujía la madera debido a las llamas. Le encantaba mirar el fuego, le hacía sentirse libre y soñaba con escapar de ese tipo de vida. Mientras sostenía el cigarro con una mano, en la otra tenía una copa de vino tinto. Con el fragor de la fogata recordó al hombre al que acababa de asesinar y que ni siquiera conocía. Otro más, pensó para sus adentros. La siguiente idea que le rondó la mente fue la de recoger al difunto para deshacerse de él lanzándolo al río en cuanto acabase el cigarro. Y tan austeramente como le propinó el disparó introdujo al cadáver en el maletero de su coche y cerró con un portazo. ¡Pum!