Las obsesiones no se disfrutan, se sufren.
Vino de visita a la ciudad a arreglar unos asuntos que para ser sinceros, me importaban bien poco, solamente quería verlo. Quedamos en Atocha por la mañana y hablamos, fumamos, comimos, bebimos hasta la noche. Comprmos unos bocadillos, subimos a su habitación del hotel, nos vino bien descansar un rato tras todo el día sin parar quietos. Cuando quise darme cuenta y miré el reloj, era bastante tarde, metro y tren habían cerrado, no iba a coger un buho y no había llevado el coche, ya se sabe que en madrid es un estorbo. Encendí un porro, abrí una yonquilata y a parti de ahí sólo recuerdo imágenes concretas. Sudor, yemas de los dedos tratando de dejar huella en piel ajena, voces susurrando, respiración entre cortada, sonrisas complices, vaiven de caderas, muchas palabras, desvarios, en fin. No me pareció demasiado extraño levantarme a su lado, nunca lo creí improbable. Bajé a por cafe, al regresar me estaba esperando para encenderse uno.
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