lunes, 22 de diciembre de 2008

Historia I

Todos los días salgo de trabajar a las 5.30 de la tarde.

Trabajo como teleoperador en una empresa, en el departamento técnico.

Es increíble el número de anéctodas que podría contar sobre la gente que llama para resolver sus dudas. Hoy sin ir más lejos, me llamó un sujeto y me preguntó si existía alguna empresa que alquilase matrículas para furgonetas. Le conteste que no. Cuando se lo conté a mi compañera de al lado, Carmen, no se lo creía. Pero el 50% de las llamadas son de ese tipo.

Esta tarde llegué a casa, no había mensajes en el contestador.

Me quité los zapatos, encendí el ordenador y puse música.

Abrí el bolsillo derecho de la cazadora para coger la cajetilla de tabaco, encendí un cigarro y me fui hacia la ventana.

Estoy acostumbrado a mirar por la ventana, pasa gente curiosa, a veces oyes discusiones entretenidas, incluso puede que no pase nada.

Eran las 6 de la tarde y ya había anochecido.

No había demasiada gente por la calle hoy, solo una madre con su hijo que según la dirección en la que iban, parecía que se dirigían al hospital que hay enfrente de mi casa.

Por un instante extrañe a mi madre.

Es una calle larga así que para llegar al otro extremo hay que pasar por dos pasos de cebra. El reproductor pasó a poner la canción de Wonderful Word versionada por Israel Kamakawiwo.

Miré hacia la derecha, y para mi sorpresa un coche venía a toda velocidad, con las luces apagadas. ¿Eso no esta prohibido? Supongo que ni se habrá dado cuenta.

Iba demasiado deprisa. Cuando se acercaba al paso de cebra por el que estaban pasando la madre y su hijo, pensé que frenaría. Pero no lo hizo.

Por un momento el corazón se me heló. Todo había pasado increíblemente deprisa. La madre estaba tendida en el suelo bocabajo y la sangre empezaba a brotar y a formarse un charco alrededor de su cabeza.

El impacto había sido tremendo. Parpadeé un par de veces todavía conmovido por lo que acababa de ver. ¡Dios Santo la ha matado!

El parachoques había golpeado las rodillas de la madre haciendo que su cuerpo se flexionase y añadido a la gran velocidad del coche, provocó que la cabeza golpease violentamente contra la luna delantera de este.

La madre había salido despedida unos 20 metros hacia delante del paso de cebra y había caído justo al lado del bordillo que limitaba la acera de en medio de la calle.

Había cristales rotos por el suelo.

¡Dios mío esta muerta!

Me había olvidado del niño. Este no fue alcanzado por el coche.

Recorrió los 20 metros, lentamente, con miedo en el cuerpo que podía verse reflejado en su cara. Sentí miedo. No podía creer que el chico fuese a acercarse a su madre. ¡Esta muerta! Pensé. Supondría un trauma para el.

Joder que no lo haga, por favor.

El chico le puso la mano en un hombro a su madre, le dio la vuelta lentamente, pero lo único que yo podía ver desde mi ventana era la cara de la madre llena de sangre.

El chico cogió el teléfono, no se a quien estaba llamando.

Se quito el abrigo y lo puso encima de su madre. No sé por que empezó a hurgar en el bolso de esta.

Sacó una cosa blanca que yo no alcanzaba a ver, ah! Era un paquete de pañuelos.

Comenzó a limpiarle la cara a su madre.

Se me volvió a helar el corazón. ¿cómo un niño puede ser tan valiente? Yo mismo habría echado a correr, o habría llorado, no sé joder, no sé.

El propietario del coche seguía ahí, inmóvil. Era un chaval de no más de 22 años. Estaba conmocionado, no se en que estaría pensando, pero yo sentía rabia.

Volví la vista hacia el chico, y la madre estaba recostada, pero movía un brazo.

Sentí un alivio impresionante.

A las 7.10 ya estaba en una camilla, los atestados estaban tomando los datos del conductor y del chico, y al parecer, el padre y marido también estaba allí.

No podía creer lo que había visto, nunca había sido testigo de un acto tan violento.

Cerré la ventana, y me recosté en el sofá.

Ya no tenía ganas de cenar.

Mi cabeza estaba llena de ideas y pensamientos que me apretaban y me hacían daño.

Mi cerebro comenzó a golpear las paredes del cráneo, aquello me iba a estallar.

Me sentí terriblemente indefenso. No somos nada, no somos nada, repetía una voz en mi.

Esa mujer a estado a punto de morir, y si hubiese sido yo?

No somos nada.

Cogí el teléfono, llamé a mi madre. Le dije que la quería.

2 comentarios:

  1. eres muy grande sofia fernandez.
    no dejes de escribir.

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  2. chu ya me lo leere ahora no puedo

    te amo muchichichichisisisimo :) a ti a ti y solamente a ti!!


    ei chu...dont be afraid, awachi waaaaachiii, wachi wachii(8) jajajaja :)

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